La erótica del conocimiento

Hay una sensualidad en el libro como objeto. Desde niña te gusta abrir un libro nuevo, oler la tinta de sus páginas. Cada libro, además, tiene su olor propio, ninguno huele igual a otro, como la piel viva, transmite sensaciones. Los libros nuevos, su olor, te retrotraen a la infancia, al otoño de comienzo de curso. Un libro cerrado es siempre víspera de conocimiento, de emociones intensas. Abrirlos es poner los brazos, las piernas, en cruz, el ser presto para el abrazo y la entrega.

lunes 30 de noviembre de 2009

La información, Martin Amis


"De noche en las ciudades, lo noto, hay hombres que lloran en sueños y luego dicen nada. No es nada. Sólo una pesadilla. O algo parecido...Desciendan en la nave del sollozo, con analizador de lágrimas y sondas de llanto, y darán con ellos. Las mujeres -ya sean esposas, amantes, musas demacradas, niñeras gordas, obsesiones, devoradoras, ex, némesis- se despiertan y, con femenina urgencia de saber, se vuelven hacia esos hombres y preguntan :"¿Qué te pasa?" Y los hombres contestan: "Nada. No es nada, de verdad. Sólo una pesadilla"...

Así arranca "La información", un comienzo que empuja a querer indagar qué clase de pesadilla es la que perturba al protagonista, Richard Tull. Un mal sueño que va engordando a medida que avanzamos en la lectura y que se inicia tiempo atrás con la necesidad de escribir que le ha llevado a entrenarse durante años para ser escritor. Después de un comienzo prometedor en el mundo de las letras, pronto cae en el olvido dado que su escritura se vuelve excesivamente experimental hasta el punto de resultar ilegible para todos. Mientras su mejor amigo, Gwyn Barry, condiscípulo desde temprana edad, consigue, aún con una escritura mediocre y ramplona, el reconocimiento de múltiples premios y la aceptación generalizada de los lectores, la fama con el beneplácito de los medios de comunicación y la aquiescencia del mercadeo editorial.

Con esta trama de fondo en la que la envidia lo infesta todo, se nos habla del mundo literario, con las rencillas y el trampeo propios de toda empresa que aspire a obtener rendimientos por encima de cualquier otra consideración, se nos habla de la influencia ilimitada de los medios de comunicación de masas, de la sociedad postmoderna en la que el individuo se halla inmerso en un maremagnun de presiones que le inducen a perseguir un éxito siempre voluble e inaprehensible.

Se nos describe además esos otros mundos que conviven en paralelo, el de los inmigrantes de segunda generación, jóvenes inadaptados en un Londres que, lejos de ser la metrópolis que un día fue, ahora es ciudad para que individuos de distinto origen social, racial, se entremezclen con las clases medias y aún privilegiadas que han dejado de ser, como tiempo atrás, la casta inaccesible que gobernaba el imperio, todos igualados al fin por el rasero del artificio consumista. Donde uno de los personajes marginales se lamenta "¡Qué vergüenza! el chico negro ya no puede ser simplemente un chico negro. Ya nadie puede ser alguien. ¡Qué pena!" Y donde ciertas aristócratas pierden la dignidad y la impudicia por una raya de coca o de "cristal".

"¿Por qué lloran los hombres? (...) Porque ya no pueden estar contentos ni tristes; sólo hundidos o chalados. Y porque no saben afrontarlo cuando están despiertos".

Los personajes se mueven por un mundo tangible, comen "yogures gomosos llenos de aditivos", los niños consumen largas horas de televisión de unos dibujos animados onomatopéyicos y en permanente guerra. La vida cotidiana está llena de pequeñas contínuas frustraciones, encuentran catastrófico que se estropee un electrodoméstico hasta el punto de deambular con un aspirador averiado una tarde de domingo como si la vida les fuera en encontrar quien lo arregle. Se desarrollan en un mundo en el que los roles han cambiado superficialmente, pero cuyo nuevo lugar no aciertan a encontrar. Padres que ejercen de amos de casa, cuidan de sus hijos y los llevan al parque mientras la madre y esposa desempeña una tarea laboral imprescindible para el sostenimiento de la familia y a la que su marido mira con cierta dosis de suspicacia o de acomplejada admiración. Hombres que no obvian a las mujeres aunque no alcancen a admirarlas, porque ellas les resultan imprescindibles para no ahogarse del todo en su propio desconcierto. "Si las mujeres estaban en lo cierto -reflexiona el protagonista- había que llorar tres o cuatro veces al día. Las mujeres lloraban en los momentos más raros: cuando ganaban concursos de belleza, por ejemplo (y cuando los perdían también, probablemente: después)"

En un tono de sátira, a medias divertida, a ratos dramática, Martin Amis, nos describe el reconocible mundo en el que vivimos, desconcertante, mudable, en permanente ejercicio de equilibrio, y lo hace con un narrador omnisciente que a veces se pone en entredicho a sí mismo "Porque sé muy poco. Porque necesito información venga de donde venga".(...) "Quede claro: yo no voy a la busca de esas clase de persona. Son ellas quienes vienen a mí. Vienen a mí como la información fraguada en la noche. Yo no las invento. Ya están ahí". Alcanzando una voz tan creíble y caótica como el mundo que pretende describir, con un estilo amalgamado de concisión, enumeraciones líricas y frases deliberadamente inacabadas, que recuerda las letras de las canciones urbanas de los líricos del rock, el blues, los cantores con firma que tarareamos en el metro camino de la oficina, pero cuya melodía no resulta fácil seguir, porque no es una melodía pegadiza de canción veraniega, sino una melodía a veces estridente como un grito en la noche, a veces mordaz como una viñeta periodística, deformante como los espejos de verbena o virulenta como los neones de una sala quirúrgica, titubeante como una borrachera o certera como un golpe de gong.

"Desde el punto de vista astronómico todo va alejándose cada vez más de todo.(...) Sin la menor duda el Universo es majestuoso. ¿Y qué somos nosotros? Nosotros somos los intranquilos"

Intranquilos y desasosegados como el individuo del mundo de hoy nos deja la lectura de esta novela, que conmueve y alienta la reflexión como corresponde a la Literatura, es curioso, cuando se habla tanto de ese tópico secular de la muerte de la novela, esta es una novela extensa e intensa.

La información, Martin Amis, Anagrama, Barcelona, 2008

domingo 15 de noviembre de 2009

Derecha e izquierda, Norberto Bobbio


¿Existen aún la izquierda y la derecha? es la pregunta de la que parte Bobbio, conocido politólogo italiano que se sitúa ideológicamente en la izquierda moderada. ¿Pero qué es la izquierda?, se pregunta Bobbio y todos -todos, se entiende, los que aún no hemos renunciado al interés por la política- nos preguntamos con él. Y ¿qué es la derecha? quiere saber Bobbio, más allá del auge que ésta está disfrutando en los últimos años. Con un análisis concienzudo de los textos actuales al respecto, nos da una definición de derecha frente a izquierda, pues la díada -nos dice- existe y es, una en contraposición a la otra, dos formas de afrontar las necesidades de la sociedad. Sabemos que dentro de la derecha y de la izquierda existen los extremos, cuyo enemigo común es la democracia, serían el comunismo y el fascismo, cuyas prácticas sabemos en qué han derivado. Y existen los moderados, entre los que se sitúan los socialdemócratas y los conservadores. Si algo define a la izquierda, es la perseguida igualdad, a la que la derecha antepone la libertad, sin que esto signifique que uno y otro lado del tándem ideológico deseche ni la libertad en el caso de la izquierda ni la la igualdad en el de la derecha, pero sí cual es el predominante en cada uno de los lados políticos. Así mismo, podría hablarse de una derecha e izquierda autoritarias, y de una derecha e izquierda libertarias. Ser de derechas o de izquierdas no siempre ha significado lo mismo, bien es cierto que el término se acuña en el siglo XIX pero es desde la Revolución Francesa de la que parte tal distinción, en el XIX ya había una forma de ser de izquierdas, que era ser liberal, pues la izquierda se identificó desde sus inicios con el laicismo frente al conservadurismo impuesto por las religiones, la innovación frente a la tradición, la libertad frente a la autoridad, la igualdad frente a los privilegios de la herencia, la fraternidad -que hoy llamamos solidaridad- frente al individualismo rampante.

Quizá porque no siempre significó lo mismo ser de izquierdas, aunque sí hay unas líneas maestras en el pensamiento de izquierdas, es un término que la historia nos obliga a redefinir cada tanto, así, hoy en día en que la derecha muestra sus galas triunfales en la mayor parte de lo países más relevantes, es más necesario que nunca saber qué es ser de izquierdas, qué puede y debe aportar la izquierda en el panorama político actual, esta es la reflexión que apunta Bobbio y es la punta del iceberg de las reflexiones, opino, necesarias para alentar a una izquierda más en crisis que nunca, en un tablero político en el que las más lacerantes desigualdades están aflorando, más allá de los países subdesarrollados, en las propias sociedades opulentas que son administradas por una derecha cada vez más despreocupada de la igualdad y más aposentada en una libertad, que es sobre todo una libertad de capitales, cuyos réditos sólo benefician a unos pocos.
Mientras que otro mundo sea posible, y el rasgo político más emblemático de la izquierda es afirmar que sí, que es posible cambiar la obra humana ya que de la mano humana vino, la razón de ser de la izquierda es patente, ahora bien, tiene que redifinirse en un mundo que va cambiando a pasos agigantados, pero sobre todo tiene que creer en sí misma, porque la izquierda netamente europea ha dejado de creer en sus ideales y se limita desde hace décadas a ejercer un liberalismo ligth remedo de otros liberalismos feroces que son los que hoy campan sin recato.

Derecha e izquierda, Norberto Bobbio,

Punto de Lectura, Madrid, 2001

La mujer y el deseo, Polly Young-Eisendrath




La psicoanalista Young-Eisendrath, analiza en este libro, desde su óptica junguiana, qué desean las mujeres, para ello recurre a leyendas y relatos populares y extrae mensajes de ellos que representan a las mujeres como objeto de deseo más que como sujeto deseante y es que tanto la tradición literaria como la vida misma tienden casi siempre a excluir a las mujeres del lado activo del deseo. Este libro, no obstante, no se limita a hablarnos del deseo como sinónimo de ansia de satisfacción carnal, no, nos habla del deseo en sentido amplio y parte de la constatación de que lo que desean las mujeres, fundamentalmente, es ser deseadas, siendo que este deseo de ser deseadas se traduce en que, bien como mujer musa cuya belleza aturde y rinde al más racional de los hombres y cuya recompensa será vivir junto a él las mieles compartidas de cuanto él ha cosechado, bien como madre abnegada que encuentra en el sacrificio por el hijo la recompensa mórbida a su alienación como individuo; en todo caso la mujer siempre está supeditada a la imagen especular que los otros le devuelven, y esos "otros" son poco compasivos con aquellas que no responden a los roles tradicionales de esposa y madre ejemplares. Históricamente, quienes no han cumplido con el rol tradicional se han visto abocadas a desarrollar papeles marginales, de brujas o de cortesanas, y por ello destinadas a pagar un alto precio de soledad o enajenación.

El texto de Young-Eisendrath, nos conduce, mediante la reflexión, a planteamientos que nos encaminen a conocer cuáles son, verdaderamente, los propios deseos, pues es el paso previo para poder tomar decisiones frente a los desafíos, a las etiquetas negativas, al rechazo con el que nos tropezaremos en una sociedad que aún no ha asumido que la mujer tiene un nuevo rol que desempeñar y que ese nuevo rol no es simple, que al igual que la propia sociedad se vuelve compleja e inabarcable, también los individuos, hombres o mujeres, que la componen, ven trastocados sus esquemas vitales y por ello les urge una redefinición de los mismos a riesgo de no cosechar más que patologías esclavizantes conducentes a llenar una insatisfacción interior mediante compulsiones, ludopatías, cleptomanías, compras compulsivas, etc. que enferman con demasiada frecuencia a las mujeres de hoy en día.

Como psicoanalista, Young-Eisendrath se basa en experiencias constrastadas con la práctica clínica, pero no es este un libro de recetas fáciles sobre como sobrevivir a las angustias de nuestra era, es una crítica desde un feminismo que no se limita a culpar reiteradamente al patriarcado de todos los males que nos aquejan, sino que en muchas ocasiones se revuelve para analizar desde la autocrítica cómo nuestros arraigados prejuicios -en hombres y en mujeres- nos llevan a perpetuar comportamientos irrespetuosos con esos individuos del sexo femenino que están dejando de vivir subsidiadas para esforzarse en vivir plenamente autónomas. Esta autonomía no puede ser sólo económica, como alentaba el protofeminismo, pues la necesidad impone que sea una autonomía plena y consciente, que supone hacerse cargo de una misma en todas las facetas vitales, y por supuesto, también en el planteamiento del deseo, de cómo se vive el deseo desde la vertiente deseante y no como mero objeto. El camino se anticipa arduo, sin embargo, se están poniendo ya los primeros cimientos, aunque a contracorriente tengamos la educación dominante, los medios de comunicación y la propia sociedad de consumo que abogan a paletadas gigantes por perpetuar la imagen de una mujer preocupada constantemente por agradar a cuantos la rodean sin preguntarse cuáles son sus verdaderas metas o necesidades.

Parece tema anacrónico, cuando ya hace años que se viene hablando de la libertad sexual, de la liberación de la mujer que trajo consigo el control de la natalidad mediante métodos seguros, planteamientos acerca de si la mujer vive su sexualidad de forma satisfactoria o sigue supeditada a las preferencias masculinas. Si arañamos en la superficie, podemos concluir que dicha libertad no es más que "formal" pero en el fondo de sí mismas las mujeres de hoy en día saben que más de una vez, o muchas veces, se supeditan a las predilecciones masculinas, cuando no hacen responsables al hombre de la satisfacción femenina, vivir el deseo como deseante supone adoptar una actitud activa, responsable, en primer lugar para consigo mismas, las mujeres que se quejan de sus relaciones deficientes no toman las riendas de sí mismas empezando por la autonomía de la autoexploración, es como si temieran un poder sobre sí mismas que las podría conducir a la hoguera, aunque las que sí lo han experimentado saben que arder según en qué tipo de hogueras no siempre es un punto final sino un principio de autoaceptación y autoreconocimiento y es que hay fuegos que son catárticos, uno de los principales, se me ocurre, empiezan en la vivencia del deseo como deseante, en primera persona y a menudo en el modo reflexivo del verbo.

La mujer y el deseo, Polly Young-Eisendrath,Kairós, Barcelona, 200o



martes 27 de octubre de 2009

Ventanas de Manhattan, Antonio Muñoz Molina


"Manhattan es el gran bazar del mundo entero" , nos dice Muñoz Molina, nos lo va diciendo todo el tiempo que permanecemos a su lado recorriendo las calles, mirando las anchas ventanas por las que con él y por él admiramos las grandezas y miserias de ese corazón grande de manzana herida y palpitante.

La concreción del mundo, de los seres que lo habitan, no sería tal si todo no tuviera un nombre como garantía de su existencia. Por eso, el gran narrador que es Muñoz Molina, nos recuerda que hay un mundo manhattan que late convulso porque las cosas en él contenidas tienen todas un nombre preciso, un adjetivo sorprendente, un sintagma que como una cerilla en la oscuridad produce un destello en el ánimo.

Una se adentra en la lectura de este libro como deambularía en un zoco de emociones, el verbo maestro de Molina siempre de guía, la luz de la cerilla, del destello que no cesa, abriendo el paso entre las tinieblas del que va, no del todo confiado en lo que otros sentidos le dictan, palpando la realidad con la punta de los dedos como quien corrobora una mercancía en exposición. Y sabíamos que existen edificios colosales que nunca hemos visto más que en pantallas, pero ahora sabemos que existen en la congoja y la admiración del testigo excepcional, incesante cronista, que nos los acerca y los explora. Muchos años después del poeta en Nueva York, el narrador en Manhattan nos deleita y nos obsequia con un texto de una brillantez sin parangón, y es que una se adentra en las aguas deleitosas de este discurso demorándose con voluptuosidad por los relieves de los verbos, por las sustancias de los nombres, los meandros de una adjetivación que alcanza cotas de sinfonía polifónica, como no queriendo tocar nunca orillas ni retornar al limbo de lo innombrado, a la oscuridad de antes del relámpago inaugural de la metáfora.

Y es que todo aquello que hemos visto en el cine, oído en el jazz, leído en gruesos titulares y cien veces visto en noticieros televisivos, todo eso adquiere un tinte de fábula y un matiz legendario en estas páginas. Tanto si se nos habla de exposiciones de maestros pintores como si se detalla un concierto, si se nos describe la espesa atmósfera de un club a media noche o los largos paseos por un parque oasis central entre edificios.

Junto al lujo más innoble, los detritus humanos en el lodo, junto al desamparo de la enfermedad sin cobijo, el altruismo de solitarios sin remedio, todo en una contigüidad de casilleros intercambiables, ventanas verticales por donde la luz penetra y desde donde la perspectiva se agranda.
No estamos ante una novela ni un libro de viajes, ante una memoria del escritor o una crónica periodística, pero este libro es, a la vez, todo eso a un tiempo. Y es, además, un intento, acertado, de subvertir el mundo táctil, lumínico, sensorial, del relator en una rotunda construcción literaria desde donde las palabras precisas, concienzudas y arriesgadas expenden sensaciones siempre renovadas. De manera que en sus páginas conviven las puestas de sol más pictóricas con el relato de los hechos, tantas veces reflejados por los medios de comunicación, del 11 de septiembre. Un retrato de un maestro vocacional del Bronx y el del niño que desde que vio chocar unos aviones contra unas torres no cesa de dibujar cuerpos precisos cayendo al vacío.
Las alusiones, siempre recurrentes en la obra de este autor, a la infancia rural de años (casi se diría que de siglos) atrás, nos hace tomar perspectiva del asombro y hace partícipe al lector de esa admiración por el descubrimiento constante de lo novedoso.
Creo decididamente en el poder piafante de la palabra, por eso este es un libro del que nunca me hubiera gustado salir.

Ventanas de Manhattan, Antonio Muñoz Molina

Seix Barral, Barcelona, 2007



lunes 26 de octubre de 2009

El arte de la vida, Zigmunt Bauman


El autor al que se debe la definición "sociedad líquida", "amor líquido", describe en este libro cómo, a su entender, nos hemos convertido en artistas de nuestra propia vida en medio de una sociedad individualizada e hiperconsumista. Sin embargo, y a diferencia de los artistas, no disponemos de herramientas ni materiales adecuados a nuestro propósito como sí lo tienen los artistas, por ello, cada individuo debe construirse su propia existencia y de esa construcción recibirá crítica de la sociedad que le acoge que, en función de los resultados obtenidos, censurará o alabará. Al mismo tiempo la sociedad en la que vivimos nos influye en la manera que construimos nuestras vidas.
Pero esto, así formulado, parece abstracto en exceso y aunque Bauman concreta en la descripción de lo que está ocurriendo al individuo en el plano social, la lectura de este libro no es nada fácil ni complaciente en la medida que no da pautas sino que se limita a describir el comportamiento del ciudadano posmoderno, tan "líquido", tan deslabazado diría yo, que el autor se contagia de esa liquidez y no ejecuta un texto rotundo ni categórico sino un tanto disperso, o por decir algo abierto, demasiado abierto para mi gusto, sin unas conclusiones claras más allá de las ya descritas en otros textos, me quedo con esta cita extraída de éste que coincide en el fondo con otros libros de los que se ha dado reseña en este blog: "La creciente fragilidad de los vínculos humanos, la impopularidad de los compromisos a largo plazo, la división entre 'derechos' y 'obligaciones' y la elusión de cualquier obligación que no sea 'consigo mismo", y esto aplicado tanto a a las relaciones sociales como a las afectivas es el transfondo de la cuestión que aborda este ensayo.
El arte de la vida, Zygmunt Bauman
Paidós, Barcelona, 2009

lunes 19 de octubre de 2009

El vestido habla, Nicola Squicciarino


En el subtítulo: Consideraciones psico-sociológicas sobre la indumentaria.
Antes que el vestido, el cuerpo es el que "habla", así comienza este volúmen, hablándonos sobre el lenguaje del cuerpo, desde el punto de vista de la comunicación no verbal, de la psicología y la semiótica. Hace un recorrido por las señales no verbales, iniciándolo con el estudio de la expresión del rostro, la mirada, los gestos y movimientos del cuerpo, el comportamiento en el espacio: la postura.
La segunda parte está destinada al estudio del cuidado de la propia imagen. El origen del vestido no es como puede pensarse funcional, antes que la necesidad de abrigo o de resguardo del pudor, el carácter simbólico del vestido se inicia con la ornamentación corporal, la pintura o el tatuaje del cuerpo, los cosméticos, los orificios para colocar abalorios, incluso los artilugios para modificar el cuerpo, agrandar el cráneo, alargar el cuello, empequeñecer los pies, el uso del corsé, etc.
Desde el punto de vista psicológico la indumentaria es una extensión del "yo", el vestido no cumple sólo una función como resguardo del pudor sino que, por el contrario, está destinado a acentuar el erotismo en la medida que oculta por un lado y desvela, insinúa o acentúa por otro.
En la tercera parte nos habla de la moda, de cuáles son sus orígenes, de la difusión que alcanza y cómo hace de la vida cotidiana un espectáculo.
Este libro constituye un interesante y completo estudio sobre el vestido, que acompaña a la humanidad desde los orígenes. Para amantes de la sociología o la antropología, lectura ineludible, así como para aquellos lectores, voraces o no, cuya curiosidad les lleve a husmear todo aquello que, por humano, no le sea ajeno.
El vestido habla, Nicola Squicciarino
Cátedra, Madrid, 1990

Algo más inesperado que la muerte


En esta novela la autora nos sumerge de inmediato, desde la primera línea, en una trama que nos atrapa y no nos da respiro. Nos atrapa no sólo porque estén muy bien utilizados los recursos narrativos que consiguen mantener alerta al lector, sino porque nos dibuja unos personajes sólidos, reconocibles en sus ambiciones arribistas, en sus mezquindades cotidianas. Y es que Lindo nos traza unos perfiles de personas instaladas en la propia mediocridad que pese a ella o tal vez por ella persiguen brillar aunque no sea más que con el regüeldo del brillo ajeno. Desde la protagonista, que es uno de tantos ejemplos de mujer joven casada con una celebridad de edad avanzada a cuya sombra se siente a resguardo de hacer nada de provecho por sí misma, hasta la cohorte de aduladores hipócritas o fieles lacayos que rodean al escritor célebre, imbuido de vanidad e impiedad para con los que merodean como perros los territorios de su gloria. Todos van desgranando, a medida que avanza la narración, sus temores y carencias, sus cálculos y adhesiones condicionadas. El resultado de estas combinaciones desde luego será algo más inesperado que la muerte, algo que para la protagonista se convertirá en una sombra más alargada de lo que habría podido calcular.
La solvencia de Elvira Lindo como narradora en esta su segunda novela (aunque tercera según el orden en que he leído las otras dos) queda más que probada, con un lenguaje siempre al servicio de la tensión narrativa, al que no le sobra nada (y del que se diría carece de eso que algunos denominan "estilo" y que las más de las veces no es más que una incursión errática por un lirismo forzado) consigue crear un mundo creíble, reconocible, al alcance de un lector entrenado en la observación de la vida que le rodea. Y como si ese logro fuera menor, aunque ya por sí mismo hace de esta novela una obra de mérito, además lo consigue dentro de una historia sin resquicios en la estructura, muy bien trabada, que cuenta con todos los ingredientes que hacen interesante una lectura hasta para aquel lector que no se conforma con retratos psicológicos y quiere "peripecia", novela con una acción concreta, con tensión.
En esta, como en otras novelas de Elvira Lindo, llama la atención su maestría en el uso del lenguaje coloquial, e incluso vulgar, sin que en ningún momento se abran las costuras de la narración, esa recreación del lenguaje coloquial que algunos profanos podrían creer cosa fácil, no es tarea sencilla -si no invito a cualquiera que haga la prueba y verá que no consiste en ningún caso en trasladar stricto sensu el lenguaje que oyes en el autobús- porque el lenguaje hablado dista mucho del lenguaje escrito. No, lograr transmitir "coloquialidad" en la escritura es tarea que requiere denuedo y talento, ese talento que posee Elvira Lindo y con el que consigue siempre emocionar.
Antes ya me emocionó "Una palabra tuya", y antes aún "El otro barrio". Sin desmerecer el trabajo como articulista de Elvira Lindo, que resulta siempre estimulante (ni obviar ninguna de sus otras facetas) esta lectora ya está deseando otra novela.
Algo más inesperado que la muerte,
Elvira Lindo, Alfaguara, Madrid, 2002

El síndrome de Maripili




"El miedo de las mujeres a no ser queridas" No es éste un libro más repleto de largos lamentos acerca de lo desgraciadas que son las mujeres, destinado a adjudicar culpas. No. Lo que me ha gustado de este libro, que, por otro lado no me ha desvelado nada que no supiera, o no intuyera de alguna forma, es que es una invitación a la reflexión acerca de los orígenes sociales, educacionales, de mentalidad en definitiva, de toda la sociedad en su conjunto. De cómo las mujeres se boicotean a sí mismas porque quieren obedecer a un estereotipo ancestral, ya que no obedecerlo supone asumir la soledad del rechazo o la incomprensión de sus propias familias, no sólo de sus maridos, sino del parentezco político o carnal, incluso de sus propias madres. No habla de culpas el libro, reparte, eso sí, responsabilidades, y, junto a las que otorga a la sociedad, no faltan las que adjudica a la propia mujer, muy acostumbrada a querer agradar, a ser una buena chica, a no sacar los piés del plato, a derrumbarse si recibe desaprobación, dado que la mujer tiende a impregnar de afectos incluso aquellas parcelas de la vida que no pertenecen al campo de los afectos. Pero una vez revisados los orígenes, el desarrollo y la implantación que aún hoy día tiene el cliché de la feminidad, nos da pautas para reorganizar estrategias y no sucumbir ante las presiones del entorno. ¿Por qué sólo una minoría de mujeres han alcanzado hoy día el poder -sea en la empresa, en la polítca, en la ciencia, etc-? Se pregunta la autora, y nos propone algunas respuestas, el miedo al éxito profesional conduce inevitablemente al fracaso, ese miedo viene determinado por el temor a no ser una buena madre, a permanecer sin pareja, a sentir el rechazo de la propia familia, en definitiva a romper con ese estereotipo lacerante en el que aún estamos atrapadas, por no mencionar las nuevas metas a las que debemos aspirar si queremos cumplir con el nuevo corsé de las mujeres actuales: cuidar el físico, estar siempre dispuesta sexualmente, y un largo etc.

Como colofón a esta breve invitación a la lectura de este libro me quedo con una cita extraída de él: "Seducir es poder, coquetear es sumisión". Pensemos.

El síndrome de Maripili, Carmen García Ribas,

L´esfera dels llibres, Barcelona, 2006

miércoles 26 de agosto de 2009

¡Me lo llevo!: una historia del shopping, Thomas Hine





Este libro es un interesante recorrido por la historia del consumo y las transformaciones que el acto de comprar ha sufrido a lo largo de la historia humana. Constituye además una reflexión sobre por qué compramos. Comprar es una necesidad que ha venido a sustituir las labores de recolección y de caza de nuestros ancestros, pero además el deseo primordial de poseer objetos, de acumularlos, es muy antiguo, históricamente ha sido prerrogativa de los poderosos, que conseguían poder precisamente a través de los objetos que lograban obtener. Pero cuando hoy día salimos "de tiendas" no lo hacemos con el único objeto de cubrir unas necesidades ya sea de abrigo, de comida, de artilugios o máquinas, sino que constituye un acto que, por un lado llena de forma lúdica nuestro ocio y por otro nos reviste de indentidad, queremos poseer los objetos que den de nosotros una determinada imagen ante los demás. Pero no únicamente, como podría pensarse, por medio del prestigio que otorga ser poseedor de objetos de determinadas marcas, no sólo así, sino con aquellos objetos que hablen por sí mismos de cuál es nuestra sensibilidad, cuáles nuestras creencias, nuestros valores. Sin olvidarnos de que también compramos "para encajar" en el molde social en el que nos hallamos. Hoy día, en según qué ambientes, está muy mal visto ser comprador, declarar sin sonrojo que se es consumista, confesar que dedicamos mucho tiempo a"ir de tiendas" es sinónimo de ser una persona superficial y poco concienciada de los males que aquejan al medio ambiente. Sin embargo todos, sin excepción, consideramos que comprar una determinada cosa y no comprar en absoluto otra nos está haciendo tomar una posición en la vida, incluso cuando no tenemos poder adquisitivo o nos declaramos fieles defensores de la sostenibilidad del planeta, no dejamos de mirar catálogos, consultar en internet, mirar escaparates, o transitar las calles de los hiper que no son las destinadas a objetos de primera necesidad, y hacerlo de forma activa, tocando, sopesando, curioseando cientos de artilugios que no siempre llegamos a comprar, porque al tener unos recursos limitados tenemos que definir muy bien el orden de prioridades, por eso cuando conseguimos hacer una buena compra (cuando conseguimos adquirir un objeto cuya relación calidad precio consideramos óptima) nos sentimos realizados y satisfechos. Por el contrario llegamos a sentirnos culpables cuando nos hemos dejado llevar por un acto impulsivo y hemos realizado una compra que está por encima de nuestras posibilidades o cuya calidad no alcanza el precio que nos ha costado. Qué tendrá el acto de la compra que a todos nos ocupa tanto. En Todorov, un autor que se cita mucho en este blog, he leído la penuria que constituía en los países del bloque soviético el acto de la compra, la humillación constante a la que los ciudadanos se veían sometidos a la hora de aguardar grandes colas y extenuantes esperas para obtener objetos de primera necesidad, la angustia que provocaba en ellos recorrer largas estanterías vacías y es que el totalitarismo no se expresa únicamente en la restricción de libertad política, sino que desviste al individuo de la identidad que supone un acto primario de elección tal como qué ropa ha de usar o si va a poner mantequilla en el pan.

En nuestra sociedad desarrollada, el acto de la compra resulta ser tan vital que forma parte del mundo complejo que habitamos, con la lectura de este libro he llegado a ser consciente de hasta qué punto alguien que, como quien suscribe, hace alarde de sucumbir poco al consumismo, sucumbiría de pleno si su nivel presupuestario se lo consintiera a menudo, si no de dónde nos vienen esos simulacros de obstentación que nos producen los bazares de precio único donde elegir una taza para tomar té puede demorarnos un buen rato. No olvidemos que los objetos tienen un gran poder evocador, cuando tomo en mis manos una taza no es un objeto inanimado el que tomo sino el calor que transmitirá cuando esté llena de humeante y aromática infusión, que el ritual de tomar un té a media tarde lo haré en compañía grata o a solas con mis pensamientos....A todos nos ha ocurrido estar sin blanca y dedicar una tarde a recorrer estanterías de objetos que no podíamos comprar pero que algún día -soñábamos- podrían formar parte de nuestro universo, arropando afectos o compartiendo goces.

¡Me lo levo!, Tomas Hine,

Lumen, Barcelona, 2003


Si no lo creo, no lo veo, Xavier Guix




En el subtítulo: "cómo construimos nuestra imagen del mundo y de nosotros mismos".

Si os relato una anécdota sabréis enseguida de qué trata este libro. Hace días, en el lugar donde he estado de vacaciones, estaban llevando a cabo obras en el portal del edificio que incluían el cambio de la puerta de entrada. Yo tenía llaves para acceder a él, pero unas llaves anteriores a la reforma, así que cuando me dispuse a abrir la puerta no lo conseguí. Este inconveniente supuso tener que hacer una llamada a quien podría resolver la cuestión y facilitarme la nueva llave del portal; quien debía hacerlo me aseguró que aunque la puerta había sido sustituida seguía siendo válida la llave de la anterior, sin ir más lejos, horas antes, no habíamos tenido ninguna dificultad para acceder al edificio. Tras esta aclaración volví a probar la llave, comprobando que, efectivamente, se deslizaba sin ningún inconveniente. ¿Cuántas veces nos ha ocurrido estar tan convencidos de que algo no saldrá que, efectivamente, llegado el momento comprobamos que no "sale"? Nos sucede a todos, nuestro mundo humano es un mundo de creencias por el que transitamos aferrados a las que nos forjamos día a día y a las que forman parte de los lugares comunes de la convivencia. Ese modo nuestro de aferrarnos a las creencias nos "vendan" los ojos y a menudo acaban por complicarnos la existencia. Nos cargan con prejuicios que obstaculizan la comunicación y nos crean malestar constante, contínuos equívocos, juicios desacertados, confusión. El autor nos propone el modo de deshacernos de aquellos prejuicios que entorpecen nuestra vida cotidiana y nos alienta a ejercitar los músculos del pensamiento, a interrogarnos sobre si lo que pensamos acerca de lo observado está cargado de energía propia o por el contrario está lastrado por planteamientos erróneos.

Este libro constituye la segunda "entrega" del autor en este blog, ya aquí se ha dado cuenta de "Ni me explico, ni me entiendes" referido a las dificultades en la comunicación.

Ambos libros constituyen un estimulante punto de partida para reflexionar sobre cómo gestionamos la comunicación y cómo nos desenvolvemos en nuestro mundo de creencias, y ambos son muy recomendables porque plantean cuestiones que incitan al aprendizaje


Si no lo creo, no lo veo, Xavier Guix,

Editorial Granica, Barcelona, 2005

martes 25 de agosto de 2009

Brooklyn Follies, Paul Auster



Por fin, una novela. Os confieso que me he vuelto muy exigente con el género, desde que me he convertido en lectora voraz de ensayos me cuesta decidirme por la ficción, no porque no sea apasionante en sí misma, sino porque tiene que estar muy bien contada para que emocione, conmueva, instruya en el vivir-vivir, y todas esas exigencias que tengo con la literatura de creación, claro que no muchos escritores colman las expectativas con las que parto al iniciar el viaje por las primeras páginas de una novela. Pero si el autor elegido es Paul Auster, diré que, por el momento, está a la altura del listón que le impongo al género. No es la primera novela que leo de Auster, ya leí hace unos meses El Palacio de la Luna, que me gustó, aunque Brooklyn Follies me ha gustado más. Ignoro cual de las dos fue escrita antes o después, no me impongo una labor de crítica profesional, a los que seguís este blog no os lo tengo que aclarar, no me he propuesto en ningún caso hacer esa crítica de experto erudito, sino hablar, como lectora, del goce de leer. Y con Brooklyn Follies he gozado con fruición (leí las 310 páginas de la novela en el plazo de 24 horas, muchas de ellas consecutivas, lectura cuya voracidad me obligó a aplazar mi descenso a la playa para días más grises, a demorar mi bronceado y a lo que hiciera falta) Y es que cuando me tocan la fibra sensible...No voy a citar nada sobre el argumento de la novela, al fin y al cabo, la anécdota de las novelas se me olvida fácilmente, con lo que me quedo es con el trasfondo por el que transcurren y el de ésta nos viene a decir: mirad ni investigación científica, ni creación artística, ni trabajo filosófico, nada, oidme, nada, es para el humano más importante que el mundo de los afectos. Qué pena que a veces a conclusión semejante tengamos que llegar por vericuetos dolorosos: una enfermedad propia, un desencuentro con los otros, un vivir sin vivir en mí o un vivir disfrazado siempre de otro. Esta novela nos habla de la madurez, no porque el narrador protagonista esté apunto de cumplir 60 años, sino porque al fin descubre qué quiere ser mientras está siendo en un presente que es gerundio lleno de desencuentros, encuentros, retornos y despedidas. En definitiva de aceptación por el devenir de una vida que fluye y a la que hay que hincar el tenedor a manos llenas, porque la vida es nuestro único y certero equipaje. Que a veces nos tenemos que sentir al borde de un precipicio para valorar aquello que perdimos y que ahora, nunca es tarde, queremos recobrar. Algunos de los hombres que atraviesan las páginas de Auster, tanto en la novela que aquí se reseña como en la anterior a la que se ha aludido, son hombres profundamente afectuosos -aunque torpes y desmañados en la expresión de esos afectos y por eso mismo solos- solos de esos que añoran una mujer, no ninguna concreta, sino la mujer como puente inexcusable para atravesar de una orilla a otra, de soledad a encuentro. Hombres tímidos y acomplejados por no cumplir con los cánones preestablecidos, que no tienen el valor de exponer unas conductas renovadas, aunque en Brooklyn Follies el narrador protagonista sí consiga agarrar por los cuernos el toro de su vida, asumir el balance de la que ha tenido hasta la fecha y de cómo quiere vivir la que le resta. Una asunción de lo que es que viene a ser un "estar siendo" sin disfraces ajenos, por eso esta novela es profundamente alentadora, porque nos dice que esa vida sin imposturas es posible y que la expresión de los afectos y la asunción de uno mismo y el recobrado encuentro con aquellos que constituyen nuestro universo afectivo pese a ser un camino a menudo incómodo no es valdío sino cálido, probable, posible, pleno.


Brooklyn Follies, Paul Auster
Anagrama, Barcelona, 2008